Revolución en el arco: Sergio Livingstone Pohlhammer

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El tiempo diluye los recuerdos; poco a poco los transforma en una imaginación borrosa, llevándolos, finalmente, al olvido. Sin embargo, y por alguna mágica razón, no corren la misma suerte las historias de aquellos que consideramos “ídolos”, hombres y mujeres que, en diferentes ámbitos, protagonizan una revolución.

Considerado uno de los mejores arqueros de la historia del fútbol chileno. A los 18 años debutó en el primer equipo de Universidad Católica. No había cumplido 23 cuando Racing Club, equipo del fútbol argentino, contrató sus atajadas. Ganó dos torneos nacionales. En una oportunidad sus rivales lo levantaron en andas en reconocimiento a sus brillantes tapadas.

Verlo jugar bien valía ingresar a un estadio atestado de gente. Cuando Sergio Livingstone iba volando al choque con el balón, cortaba el aire con su fuerza, como una navaja suiza. Cuando lo controlaba, jugaba con él, como un verdadero malabarista. Cuando saltaba, se elevaba en el aire como si contara con una escalera. Sus formas para ejecutar la posición de arquero fueron incomprendidas y los aficionados rápidamente comenzaron a gritarle “cachetón”.

Una vez, cuando los rivales debían ejecutar un tiro libre, los compañeros de equipo que formaban la barrera querían girar de cara al arco para no perderse la atajada. Fue un gigante que se elevó por encima de los demás y definió un tiempo de nuestro fútbol.

Nació en una familia aburguesada de origen escocés. Su padre, Juan Livingstone, fue uno de los pioneros en el deporte, considerado el primero en ingresar una pelota de fútbol al país. De niño estudió en el Colegio San Ignacio y de inmediato luchó por jugar al arco: pantalones rotos y rodillas rasmilladas se convirtieron en una grieta en la pared.

A los 9 años presenció las mejores atajadas de su vida, en un partido que disputó “Júpiter” de Puente Alto; en el arco estaba Alvarado… se enamoró de sus movimientos, versatilidad y liderazgo, convirtiéndolo en su ídolo y referente.

Debutó en 1939. Era un joven entre hombres, pero le sobraba carácter y personalidad. Atajaba sin guantes. Utilizaba rodilleras y camiseta manga larga. Tenía un frondoso y ordenado bigote. Si bien mezclaba agilidad, elegancia y seguridad, su mejor característica era su capacidad atlética: flexionaba las piernas en forma de arco para darse impulso y atajar la pelota con una sola mano. De inmediato captó la atención del público y lo bautizaron como el “sapo”.

“Estaba furioso cuando me bautizaron como el sapo, no lo podía creer. A un arquero le decían la ‘maravilla elástica’, a otro el ‘murallón de fierro’, al arquero de Unión Española le decían la ‘cortina metálica’ y a mí, sapo; era un desastre”, recuerda Sergio en sus memorias.

Sus brillantes movimientos le permitieron sumar victorias que rápidamente lo convirtieron en una figura incomprendida y revolucionaria del pórtico, despertando el interés de diferentes equipos de Sudamérica.

País de porteros
33 mil nacionales, algo así como 300 mil pesos tuvo que desembolsar Racing Club para contratar los servicios de Sergio, todo un récord para la época, especialmente considerando su posición en la cancha. Su debut fue de película, pero de error: estadio lleno frente al gigante Boca Juniors, derrota por 4 goles a 2, incluyendo un gol olímpico.

Al siguiente partido vencieron a su clásico rival: Independiente de Avellanada. Fue una actuación notable, atajó todo lo que le dispararon; con solvencia y sobriedad entregó seguridad a todo su equipo. Después del pitazo final los hinchas corearon su nombre durante horas.

Uno de sus mayores reconocimientos en el fútbol trasandino fue aparecer en dos portadas de la revista El Gráfico, para aquella época un referente comunicacional. Aparecer en la revista significaba respeto y admiración.

Triunfar en Argentina jugando al arco eran palabras mayores. Ellos, históricamente han desarrollado especialistas en esa posición, convirtiéndose en el semillero del mundo. Sergio logró ser ídolo, capitán y referente.

Aunque sólo jugó una temporada en Racing Club, dejó un recuerdo inolvidable. En las paredes del Cilindro de Avellaneda permanecen sus atajadas a mano cambiada. Su salida no se debió a un mal rendimiento, al contrario, los dirigentes tenían planeado extender el contrato, pero en Chile había un viejo amor que quería reencontrar.

Sergio Livingstone es un héroe que no podemos olvidar. Sus presentaciones lo convirtieron en un señor portero. Como todo héroe, su destino estaba escrito con letras del recuerdo hasta el último día. Falleció un 11 de septiembre de 2012, a los 92 años. Despertó un respeto y admiración que solo tienen las leyendas. “Me siento tan completo jugando al arco, me llena completamente, es lo que más amo en el mundo”.

Las revoluciones no se pueden olvidar. Deben permanecer en nuestros recuerdos y ser contadas de boca a oído, así la leyenda continuará creciendo y sus hazañas se elevarán como la polvareda, como revoluciones desatadas.

Por Marco Vera, Periodista

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