Todos podemos ser violencia

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Las protestas públicas pacíficas han generado en Valparaíso la muerte de dos personas desde el año pasado, destrozos en universidades y colegios, como el Internado Nacional Barros Arana, y, en la Iglesia de la Gratitud Nacional, se ha profanado la imagen de Cristo, el máximo símbolo de la paz y el amor en nuestro país. ¿Cómo pensarnos como sociedad si miramos estos hechos?.

La violencia es toda resolución, o intento de resolución, por medios no consensuados de una situación de conflicto entre partes enfrentadas, lo que comporta, esencialmente, una acción de imposición, que puede efectuarse, o no, con presencia manifiesta de fuerza física. Es siempre una consecuencia de un conflicto y un fenómeno relacional, sólo definible en función de un conjunto de variables y circunstancias (Aróstegui, 1994).

Quien ejerce violencia traduce un trastorno en su naturaleza “conversante”, una deformación de la empatía que tendría que existir entre los pertenecientes al género humano. Esta puede ser modificada por ideologías o sistemas de creencias, puesto que permite, a quien abusa, justificarse o mistificar el abuso de poder y la violencia sobre sus víctimas (Barudy, 2000), o por un contexto que facilite la emergencia y permanencia de los dos sistemas mencionados.

Si se ejerce violencia bajo el convencimiento de que se realiza legitimada en el bien del otro, ello es un contrasentido, pues se ha perdido el respeto por el derecho de éste a desarrollarse en la mayor libertad posible, vulnerando sus espacios. Entonces, el contexto se constituye en imprevisible en sus efectos negativos. Es lo que ha ocurrido en las protestas públicas mencionadas.

No somos violentos por predisposición genética, porque el acto agresivo humano se enmarca en un nivel de complejidad distinta al del animal, donde la capacidad de actuar se genera tras la ponderación de distintas posibilidades y dominio de la presión de los impulsos biológicos (Basabe, 1981).

“La violencia no se da en el ser humano sino a condición de que pueda también darse”. Es decir, si bien existe en el hombre una tendencia a la agresividad, esta es sólo la capacidad potencial de ejercer la violencia (Ey, 1969) y para transitar de agresividad a violencia se precisa una construcción cultural que transforme al otro de sujeto (a quien se le respeta su derecho y capacidad de desarrollo autónomo como persona) a objeto (a quien se percibe sólo en cuanto a que posee algo de lo que necesito apropiarme).

Es decir, construir una percepción del Otro que lo menoscabe como ser humano y lo sitúe como una cosa susceptible de ser violentada. Si se habla del comportamiento violento generado como una “elección”, el contexto de posibilidades es cultural.

Este condicionante de la violencia se forma gradualmente, en tiempos históricos. Por mencionar algunos aspectos, desde la niñez, instalada, por ejemplo, por la televisión que permea la interpretación del contexto instalando una imaginación posible funcional a ella (Clemente, 2012); desde la adolescencia, cuando carece de parámetros educativos cívicos y culturales amplios, pues los padres renuncian a la riqueza de su privilegio formativo en su afán de producir para “vivir bien”, que no es el “buen vivir”, y los colegios deforman toda posibilidad de percepción comunitaria del Otro al adiestrar habilidades méramente profesionales; en la adultez, cuando escala la desconfianza en el Otro comunitario y democrático al percibir que las autoridades lesionan la confianza puesta en ellas al servirse a sí mismos del poder que poseen y no servir a los demás.

Muchos de estos procesos no son percibidos en su extrema gravedad y se instalan como parámetros vivenciales de normalidad cotidiana, realizándose una inversión del sentido de integración social, constituyéndose la violencia en estructural y, con ello, la vulneración del Otro percibido fuera del Nosotros.

Doblar en segunda fila, “porque todos lo hacen”, gastar dineros públicos en provecho propio, “porque todos lo hacen”, son síntomas de una sociedad que, satisfecha de su individuación, ha perdido el cariño por sus semejantes.

La violencia se resuelve en tiempos históricos, en que los aspectos cognitivos negativos vinculados a la percepción del Otro se transforman, perdiendo su carga potencial de agresividad. Ello requiere una correlación adecuada entre la educación informal que se recibe en la familia, en el barrio, y la educación formal y el entorno, por ejemplo, el televificado e informatizado.

Si éstos se construyen con el Otro, por el Otro y en el Otro, entonces se establece una comunidad en que las posibilidades de que se generen imposiciones de comportamientos no consensuados de unos sobre otros son menores. Generar un entorno cultural que disminuya la violencia es una tarea de todos. No es fácil.

El Cardenal Silva Henríquez percibió claramente sus dificultades al expresar que en contextos de extrema tensión “Algunos sienten miedo; muchos sienten la paz amenazada”, pero, advertía, “No descarguemos toda la culpa en los profesionales de la violencia: nosotros también lo somos, en la medida en que dejamos que domine nuestro corazón la dinámica del egoísmo” (Aróstegui, 1994).

Cuidado. Por mucha ira que nos genere la violencia padecida, y sabiendo que comprender al violento no significa aceptar su proceder, no es la violencia el camino para lograr que transforme sus acciones.

Fredy Timmermann
Doctor en Historia, Académico de la Universidad Católica Silva Henríquez,
Investigador de Historia de las emociones en Historia Política y de la
Iglesia Católica de Chile reciente.

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