“La muerte de un hijo es algo que produce el mayor sufrimiento del alma”

Con amplia experiencia en el tema del acompañamiento en el duelo, el Vicario para la familia entrega aquí profundas reflexiones y un mensaje de esperanza para quienes sufren esta pérdida.

Nadie duda que la muerte de un hijo es una de las experiencias más dolorosas y desgarradoras al que puede verse enfrentado un ser humano. Iglesiadesantiago.cl entrevistó al padre Marek Burzawa msf, Vicario para la Familia del Arzobispado de Santiago, y quien tiene una basta experiencia en el tema. Su libro “Acompañamiento en el duelo” fue el resultado de sus estudios sobre este proceso y el deseo de acompañar a tantas familias que sufren a raíz de la muerte de un ser querido. “Un proceso único e irrepetible, dinámico y cambiante, un evento variable de persona a persona, entre familias, culturas, sociedades”, como el mismo define al duelo.

¿Qué les dice? ¿Qué les aconseja?

Nada… Solamente los acompaño. No nos olvidemos que el término acompañamiento quiere decir estar o ir en compañía de otra u otras personas. Acompañar a las personas en duelo requiere de mucha paciencia y disponibilidad, pero sobre todo, mucha humanidad. De manera que, si alguien quiere ser acompañante, en primer lugar debe ser muy humano para poder entrar en el dolor del otro, para sufrir con los que sufren.

¿Cuál es la primera reacción de ellos?

Según mi experiencia, la muerte de un hijo es algo que produce el mayor sufrimiento del alma y desestabiliza toda lógica existencial. Lo lógico es que los hijos entierren a sus padres y no al revés. Va contra la naturaleza humana. Sin duda alguna, la muerte de un hijo provoca una primera reacción de choque, negación y de incredulidad. Al mismo tiempo, muchos padres experimentan un tremendo sentimiento de culpa, que podemos distinguir de varias maneras.

¿Qué tipos de culpa, por ejemplo?

Está la culpa cultural. La sociedad espera que los padres cuiden de sus hijos; la muerte de un hijo, para los padres, puede ser una afrenta a esta expectativa socio-cultural y una fuente de culpabilidad ante la sociedad.

También la culpa causal que se manifiesta sobre todo cuando la causa de la muerte ha sido por una cierta negligencia de los padres. Y, finalmente, la culpa moral. A menudo, buscando la explicación del ¿por qué?, se llega a la conclusión que la muerte del hijo está vinculada con las experiencias personales del pasado; es como castigo por algunos hechos del pasado.

Asimismo, los padres, aparte de sentirse ellos mismos culpables, con frecuencia, sienten la necesidad de culpar a alguien por la muerte de su hijo. Esto suele suceder, sobre todo, en el caso de la muerte por suicidio, homicidio o cuando el niño muere en un accidente. En ocasiones, esta necesidad de culpar se dirige hacia el cónyuge u otro miembro de la familia, provocando serias tensiones dentro del sistema familiar.

¿Cómo se puede acompañar en esos momentos tan duros?

A los padres que perdieron a un hijo se les presentan, especialmente, dos desafíos principales: el primero, aprender a vivir sin él, lo que significa la elaboración de una nueva forma de interaccionar con y en la sociedad; y segundo, guardar una representación interna del niño que les sirva de consuelo. Acompañar a los padres en esta situación de pérdida, significa ayudarlos a trabajar las cuatro tareas del duelo. Muchos de ellos presentan notoriamente marcadas las actitudes de incredulidad, guardando, por ejemplo, de manera intacta todas las cosas del niño. En esta oscilación entre creer y no creer, en el proceso de acompañamiento, debemos ayudarlos a enfrentarse con la realidad para, finalmente, llegar a la aceptación de la muerte. Esa es la primera tarea.

En el segundo lugar, los padres deben procesar sus sentimientos (especialmente: la culpa y la ira). En esta etapa es bueno invitarlos a expresarse abierta y libremente para decir todo lo que guardan en su corazón. En algunos casos, puede ser más fácil hacerlo en el contexto del acompañamiento grupal, donde los padres puedan hablar de su hijo y compartir sus emociones con los que han experimentado el mismo tipo de pérdida.

Frente a cada tipo de muerte, pero sobre todo frente a la muerte de un hijo, aparece la pregunta: “¿Por qué?”. Esta pregunta se la hacen los padres a sí mismos, a la sociedad y también a Dios. Por lo tanto, durante el proceso de duelo, hay que acompañarlos de tal manera que puedan descubrir un significado en la muerte de su hijo (dimensión de la tercera tarea). Los padres pueden lograrlo de distintas maneras. Existen, por ejemplo, las personas que después de la pérdida de su hijo, fundan una asociación para ayudar a otros a enfrentar las mismas situaciones. También forman grupos de autoayuda, otros se acercan a la Iglesia, entregándose a algún tipo de servicio solidario. Hay muchas maneras de encontrar un significado para la muerte de un hijo.

Recolocar a su hijo muerto en el lugar de los recuerdos, desde donde los padres puedan hablar de él sin llorar y, a la vez, puedan seguir viviendo su vida, pertenece a la cuarta tarea del duelo. A muchos les cuesta volver a la vida normal, les cuesta volver a sonreír. El acompañante les ayudará a comprender que seguir viviendo no significa olvidarse de su hijo, porque el vínculo que han creado con él no desaparece sino que se transforma.

¿Es la fe una herramienta para paliar ese dolor?

La fe… Hace un par de años hice un estudio sobre este tema… Y los resultados son muy interesantes. Es curioso saber que las personas creyentes frente a un dolor tan grande como es la muerte de un hijo, pueden tener reacciones tan distintas, que – principalmente – podríamos dividir en dos grupos: Los que, frente a esta dolorosa experiencia, se alejan de Dios, culpándole a él por la muerte de su hijo. Y los que se acercan más a Dios y a la Iglesia, buscando en ella su refugio, consuelo y motivo para seguir adelante.

Creo que, frente al sufrimiento, al dolor de la enfermedad y o la muerte, debemos tener un mensaje de esperanza. Pero tener un mensaje de esperanza frente a la muerte… no es fácil. Sin embargo, la Iglesia tiene una palabra que decir, porque creemos que nuestra vida no se acaba con la muerte sino que se transforma, pues el amor de Cristo, entregado en la cruz por nosotros y resucitado para la salvación del mundo, es mucho más fuerte que la muerte: Él es nuestra esperanza y vida.

Para enfrentar el dolor

El padre Marek Burzawa msf, aconseja que en el acompañamiento más que palabras lo importante es tener ciertas actitudes, tales como: Silencio y presencia: Un proverbio indio dice: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Frente al dolor de la separación buscamos las palabras y, porque no sabemos qué decir, decimos cualquier cosa sin sentido. ¿Por qué siempre hay que decir algo? Existen acontecimientos en la vida, en que el silencio habla por sí mismo. Además, sólo el hecho de estar presente, sobre todo después de la muerte y en el principio del camino del duelo, puede tener un tremendo valor para quien sufre la pérdida.

Contacto corporal: En la vida cotidiana, estresado por el ritmo de la sociedad postmoderna, el hombre a veces no es capaz de descubrir la importancia de algunos gestos, empobreciendo cada día más su estilo comunicacional. Sin embargo, la importancia de la comunicación no verbal, sobre todo, en algunos acontecimientos vitales del ser humano, es de máxima importancia, pues este lenguaje puede ser más profundo que cualquier palabra bien pensada y dicha. Tocarse, abrazarse, apretarse las manos, es un lenguaje mucho más directo y más expresivo que cualquier otro. Sobre todo, en los primeros días del duelo el contacto corporal puede tener una gran importancia.

Llanto: Tantas veces nos encontramos en la vida con personas convencidas de que no es conveniente llorar en público; incluso en los casos de una pérdida significativa. Hay que descubrir la importancia y el poder de nuestras lágrimas que pueden estar llenas de significado.

Escucha: Vivimos en una sociedad en la cual todos quieren hablar, pero nadie escucha. Una vez, estando en la parroquia, se me acercó una mujer deprimida por una serie de problemas bastante graves. Llorando, empezó a contar su historia, tranquilizándose poco a poco. Después de unos 45 minutos de monólogo se levantó diciendo: “Muchas gracias por sus palabras” y se fue. Escuchar puede tener un poder sanador, consolador, inimaginable y puede ser una excelente forma de acompañar a los que sufren el dolor de una pérdida. Pero no hay que confundir oír con escuchar, porque oír no necesariamente significa prestar atención profunda a la comunicación, sino simplemente captar sonidos, palabras. Escuchar, en tanto, es estar dispuesto a que la otra persona se sienta acogida y respetada, es entrar en una comunicación profunda y comprometedora.

Fuente: Comunicaciones Santiago www.iglesiadesantiago.cl    

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