Un educador en política

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Siempre he oído decir que Don Bosco no quería meterse en política, que no quería que en nuestras casas se hablara de política, y que su política era la del “Padre Nuestro”. Tratando de estudiar más de cerca su vida, su historia y su misión, se me ocurre compartir algunas reflexiones sobre esta dimensión de su figura.

La conciencia de reconocer en Don Bosco a un santo comprometido con el surgimiento de la identidad nacional es notoria en Italia. En 1934, con motivo de los festejos por su canonización, César M. De Vecchi, embajador de Italia ante la Santa Sede, en el homenaje dedicado al Santo en el Campidoglio, comenzó su discurso diciendo: “Don Bosco es un santo italiano, y el más italiano de los santos”. Palabras que deben interpretarse evidentemente en el marco del fascismo imperante.

Es muy cierto, sin embargo, que el momento histórico y social que le tocó vivir a nuestro padre, residiendo nada menos que en el Piamonte, y más particularmente en la ciudad de Turín, epicentro de todas las convulsiones políticas del Resurgimiento y de la Unidad Italiana, lo hacen partícipe necesario de un cruce de corrientes de pensamiento y de apasionadas acciones patrióticas, ante las cuales reaccionó como ciudadano y como cristiano.

Estas circunstancias, su personalidad relevante y, sobre todo, la resonancia de la obra que emprendió en favor de los chicos más pobres, hicieron que su figura no pasara inadvertida en su ciudad. Por el contrario, tuvo que entrar en contacto con toda clase de personalidades políticas de la época, conferenciando incluso en encuentros personales con los máximos favorecedores de la independencia y de la unidad de Italia.

La famosa “política del Padre Nuestro...”

Comparado con otros eclesiásticos eminentes de su época, hay una constante que lo diferencia en la orientación de sus acciones. Él tuvo siempre muy claro que debía salvar a cualquier precio la obra que la Divina Providencia le había confiado: el Oratorio. Por tanto, nada antepuso al cuidado de sus queridos “hijitos” huérfanos, abandonados y en peligro. Sus tendencias personales y opciones políticas fueron reorientadas y subordinadas siempre a esta, que consideró su línea política prioritaria: la salvación de los jóvenes del pueblo.

Quizás es desde aquí que se deba interpretar la frase “mi política es la del Padre Nuestro”. Para él, construir el Reino de Dios, hacer su voluntad así en la tierra como en el cielo, procurar el pan de cada día... consistía, ante todo, en ser expresión del amor mismo del Padre Dios para con sus chicos más pobres.

Cualidades para el liderazgo

Don Bosco era rico en dotes humanas, como la capacidad de leer la realidad en su globalidad, con una mirada larga por la que intuía los nuevos horizontes y las acciones adecuadas para afrontar las difíciles situaciones emergentes. A esto sumaba una significativa dosis de voluntad, tesón y perseverancia, que imprimían a su personalidad la impronta de un hombre seguro y decidido, que no se apartaba ante el primer obstáculo. Como si fuera poco, poseía una enorme capacidad de trato, mezcla de bondad, dulzura, flexibilidad, humor y picardía, intuyendo, casi inmediatamente, la sensibilidad, las intenciones, las expectativas de las personas que tenía delante.

Hombre de Dios y de oración, completaba el cuadro anterior con la búsqueda de la luz del Espíritu Santo, que le permitía discernir los signos de los tiempos, es decir, percibir por dónde pudiera estar pasando la construcción de la historia, según el proyecto de Dios. Por todo esto, era sumamente estimado y valorado como un buen consejero a quien tener cerca. El Papa Pío IX percibió inmediatamente estas cualidades y en momentos tan difíciles para la Iglesia trató de nombrarlo su asesor privado con el título de “monseñor”. Don Bosco le hizo entender que ese no era ni su perfil ni su vocación. Pero igualmente estuvo al servicio del Papa en cuestiones significativas para la vida de la Iglesia, como la mediación con el gobierno italiano para lograr el nombramiento de los obispos en las diócesis vacantes.

Ideas y praxis

Como buen campesino piamontés de la época, profundamente católico, Don Bosco profesaba quizás ideas políticas conservadoras y monárquicas. Siempre enseñó a respetar la autoridad civil constituida y trabajó adecuándose a sus leyes. Pero en las acciones prácticas de la vida, lo descubrimos como un hombre creativo e innovador. Es capaz de fomentar los contratos de trabajo con los jóvenes aprendices, incursionar en la novedad de las escuelas nocturnas, editar nuevos libros de textos adecuados a la educación de los jóvenes de la calle, crear la Asociación Obrera de Mutuo Socorro, favorecer la educación del pueblo sencillo con la colección de las Lecturas Católicas, armar talleres para formar a los jóvenes obreros, entre otras.

Si algo es innegable, es que Don Bosco actuó con opciones y proyectos que lo involucraron netamente en una acción política en favor del pueblo sencillo, y muy especialmente de los jóvenes más pobres. La dimensión civil-social está expresamente incorporada en su proyecto educativo: “Formar al honrado ciudadano...”. Esta es una de las metas de su sistema. Sin embargo, rechazó siempre participar en partidos y sectores marcadamente activistas, vividos en su época con una gran carga pasional, evitando así toda parcialidad que pudiera dañar en última instancia su Obra.

Una iniciativa insólita que tuvo en 1848 fue meterse a editar un diario que tituló “El amigo de la juventud. Diario religioso, moral y político”, firmado por el mismo Don Giovanni Bosco, como gerente, con tipografía de Jacinto Marietti. Quizás contrapuesto al anticlerical “La Gaceta del Pueblo” surgido pocos meses antes. El primer número apareció el sábado 21 de octubre. Debería haber salido cada tres semanas, pero lo curioso es que solo se editaron muy pocos números, porque en mayo del 49 se funde con “El Instructor del Pueblo”, otro  periódico que también se cerrará a fines del 50. Tampoco a él todas las cosas le salían bien... Parece que el diario no tuvo la repercusión esperada ni la ayuda financiera que necesitaba.

Es de notar que el 21 de febrero de ese mismo año se había publicado el “Manifiesto Comunista”, de Karl Marx y Friedrich Engels.

Nos sorprende y estimula constatar el interés, el coraje y la decisión de nuestro padre, al tratar de intervenir en la formación integral de las personas, asumiendo un protagonismo original y pionero en la educación política y ciudadana de los jóvenes y del pueblo sencillo.

Por P. Luis Timossi, sdb

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