“Sueño con una Familia Salesiana con corazón misionero”

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La 147° Expedición Misionera proclama que el Señor continúa amando a la Humanidad que ha creado y querido y que, nosotros, la Familia Salesiana, nos sintamos llenos, cargados de la Ternura de Dios en un modo especial.

Precisamente esta carga de amor requiere “volcarse” alrededor nuestro y una respuesta de exigente fidelidad.

Una vez más Valdocco vivió la radiante y conmovedora jornada del envío de nuevos misioneros. El 11 de noviembre de 1875, Don Bosco enviaba a los primeros a Patagonia (Argentina). Aquella fue la mítica “Primera Expedición Misionera”, capitaneada por el joven y valiente Juan Cagliero. Como sabemos bien, desde joven Don Bosco acarició el sueño de ser misionero. Don Cafasso, acompañándole en su discernimiento vocacional, le “bloqueó” el camino diciéndole que no debía marcharse.

El 25 de septiembre de este año celebré el envío de 43 misioneros, entre religiosos y laicos,  integrantes de la Expedición Misionera número 147, porque el sueño “secreto” de Don Bosco no se ha detenido jamás, ni siquiera durante las dos trágicas guerras. En esta ocasión 18  jóvenes salesianos y 17 Hijas de María Auxiliadora dejaron su patria y afectos y se dirigen hacia diversos puntos del globo.

A ellos se agregan siete jóvenes (seis muchachas y un muchacho) que realizarán su servicio civil   misionero durante un año. Naturalmente, las religiosas y los religiosos han optado por el “para  siempre”: el suyo es el don de dar la vida para quedarse con los pobres, con las personas que se  sienten abandonadas, con los demás hermanos y hermanas salesianos y salesianas en tiempos difíciles, como miembros de la Iglesia, porque Dios permanece junto a sus hijos que sufren.

Este gesto habla. Proclama que el Señor continúa amando a la Humanidad que ha creado y  querido y que nosotros, la Familia Salesiana, nos sintamos llenos, cargados de la Ternura de Dios en un modo especial. Precisamente esta carga de amor requiere “volcarse” alrededor nuestro   una respuesta de exigente fidelidad. Por esto he dicho a nuestros misioneros que mi sueño de una Familia Salesiana misionera tiene cuatro “pétalos”.

SER MISIONEROS DE HUMANIDAD
No somos misioneros en el mundo para lograr alguna conquista. Lo somos para compartir la vida con la gente que nos acoge; lo somos para servir, sin importar las circunstancias y las situaciones. Damos de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos porque está bien hacerlo, sin importar las consecuencias.

Al final del Concilio Vaticano II, el beato Paulo VI afirmaba que la doctrina conciliar se había orientado en una dirección: “Servir al hombre. El hombre en cada una de sus condiciones, en cada una de sus enfermedades, en cada una de sus necesidades”. Como dije en la Basílica de Turín: «Son enviados a servir al hombre y a la mujer que encontrarán por los caminos, en su diversidad, en sus riquezas culturales y ancestrales, en sus sueños, angustias y esperanzas. Ustedes deben llevar su propia riqueza humana, la que recibieron de sus familias y culturas y aquella profunda que alimentan cada día en su relación confiada con el Señor Jesús».

SER MISIONEROS DE MISERICORDIA Y DE FRATERNIDAD
El segundo pétalo de mi sueño misionero es consecuencia del primero, como dije a quienes partían: «Porque son misioneros de humanidad, les invito a ser también misioneros de misericordia y de fraternidad. Hoy el mundo sufre por todas partes. Ustedes encontrarán guerras, divisiones, pobreza extrema, refugiados, hambrientos, enfermos y abandonados. Encontrarán también discursos racistas y xenófobos, pero ustedes llevarán un mensaje de paz y de desarrollo, de perdón y de fraternidad. Y no sólo como discurso o prédica, sino en su propia vida, en su vivir cotidiano, en su testimonio. No puede existir “neutralidad” salesiana frente a los sufrimientos de nuestro pueblo, frente a las situaciones de sufrimiento y de carencias de todo tipo. Nuestras respuestas deben darse lo antes posible, buscando acompañar la vida de la gente y buscando soluciones posibles junto a ellos. Y nuestra respuesta será siempre la del Evangelio, de la dignidad de la persona humana, del respeto por la vida y por la creación ¡El mundo tiene hoy tanta necesidad de fraternidad y hermandad!».

SER MISIONEROS PARA LOS ÚLTIMOS
Hoy, ser misionero salesiano significa tener ojos y corazón para los últimos y los pequeños. Lo recomendé también a quienes partían: «Les encomiendo con todo el corazón: tengan bien abiertos los ojos para verles, y verles al rostro; tengan el corazón y los brazos abiertos para recibirles; tengan la valentía de entregarles toda su vida. Como Don Bosco, ustedes pueden estar cerca de todos, pero su corazón deberá estar siempre con los últimos y su vida, siempre para los últimos.

Les invito a abrir su corazón a tantas personas que viven en situación de precariedad y sufrimiento, para estar cerca de quienes no tienen voz, para hacer valer la justicia que merecen, para curar las heridas de la vida con la fraternidad y la solidaridad y para estar lejos de la indiferencia que, además de no ayudar, humilla.

Y con los últimos no olviden nunca que les ayudamos en sus necesidades de todo tipo, pero que hemos aprendido de Don Bosco a no descuidar nunca el anuncio de la Buena Nueva de Jesús, que nos habla del Dios Bueno y Misericordioso que es nuestro Padre. Don Bosco era, sobre todo, un sacerdote con el corazón lleno de Dios, con un corazón de educador que buscaba siempre suscitar en sus muchachos el sentido de Dios y la confianza en Él».

SER MISIONEROS PORQUE SON DISCÍPULOS
No podemos olvidar jamás que la raíz y la fuerza de nuestro ser misioneros proviene de ser discípulos. Somos esencialmente discípulos misioneros, miembros de una comunidad creyente que toma en serio el mandamiento de Jesús de enseñar en su nombre y de hacer que todas las naciones puedan conocer el Dios Misericordioso y Fiel, que ama a cada hijo y a cada hija sobre la tierra.

Somos también herederos de una tradición más que centenaria de nuestra Familia Salesiana.

Sean valientes anunciadores de la desmedida misericordia y gratuidad de parte de Dios, sobretodo entre los más pobres y necesitados.

María, Maestra y Auxilio, Madre de la Misericordia, les acompañe cada día y en cada paso. Aprendan de ella a estar atentos a las necesidades del pueblo, de los muchachos y muchachas y de los jóvenes más pobres que, estoy seguro, llevan en su corazón, y aprendan de ella a alabar a Dios por las maravillas que realiza en cada rincón de la Tierra, en cada cultura y nación.

P. Ángel Fernández Artime,
Rector Mayor de los Salesianos

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