Raúl Silva Henríquez: profecía entre presente y futuro

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El 9 de abril del año 1999, un día cálido del otoño santiaguino a la edad de 92 años dejaba la vida de este mundo el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Una vida larga que comienza en Talca en una familia de agricultores en 1907 en pleno campo chileno (fue el número 16 de 19 hermanos) y termina (1999) en Santiago en la casa de salud de los Salesianos de Macul.

Incursionar en la vida de Don Raúl Silva, o simplemente “Don Raúl” como afectuosamente lo llamaban, se asocia al atractivo de penetrar en importantes aspectos de la historia de la Iglesia y de la sociedad chilena del siglo XX. Desde Joven, como estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Raúl vive la inquietud de dar un sentido a su vida y definir su propio Camino. En la Obra de San Juan Bosco, los Salesianos, muy pronto se le abre el futuro; encuentra su camino de consagración al Señor como un espacio para desarrollar su pasión por servir a los hombres de su tierra y esto fue tomando una connotación especial con la predilección por los que tenían más necesidad de apoyo material y espiritual.

Sus años de formación en Chile y en Italia (desde el 1932 al 1938) serán decisivos para marcar la convicción del cambio que la sociedad chilena vivía. La Iglesia tenía que estar siempre al paso de las nuevas realidades destacando las dimensiones sociales de la Sagrada Escritura, en vista de una política y economía realmente al servicio de la sociedad y de los desvalidos. Su formación filosófica y teológica lo llevan desde estudiante, a incursionar en las primeras Encíclicas Sociales, pensando en cómo la misma Iglesia Chilena se ponía frente a la transformación del país, (de una sociedad campesina a una sociedad industrial) una nueva construcción social, mucho más moderna. Sus años de Joven Salesiano en los patios de los colegios de la Congregación, dejan huella de su aprendizaje y de la formación de su carácter decidido y laborioso. Ese era don Raúl, ¡decidido y laborioso, amante de Cristo y de los pobres!.

Desde el pensamiento social de la Iglesia miraba a los efectos de las luchas que desataban las ideologías totalitarias y las que querían implementar un modelo de sociedad libre basado únicamente sobre los pilares de la libre competencia separando la Ética de la Economía y de la Finanza. Las utopías de estas ideologías arrastraban a los jóvenes, y por eso se requerían certezas y testimonios que la dimensión social del Evangelio no estaba ajena a la solución de tantos problemas sociales que a medida del crecimiento demográfico surgían y se creaban áreas de exclusión donde las condiciones de vida carecían de dignidad. Con el lenguaje actual del Papa Francisco, hoy son “las periferias existenciales y físicas”. Raúl Silva con su palabra y sus realizaciones se levantó por largos años de la segunda mitad del siglo como “signo profético”. El hombre de la palabra franca y directa. La suya fue una profecía de testimonio de la Fe y no solo de quien denuncia o anticipa los tiempos. El suyo es el signo de la memoria profética que es eficaz justamente porque en su identidad contiene la certeza que la vocación de hombre y de la sociedad deben edificarse en la justicia y en la paz.

Silva Henriquez es el testigo en la década del 70 del ‘’Hombre de Fe y del Hombre de derecho’’ que se hace interprete de los anhelos de Fe, de libertad y de justicia del pueblo chileno y convoca a la sociedad entera a partir de los partidos políticos, a guiarse por los grandes valores del alma de Chile que con originalidad describe lejos de todo sincretismo y con la mirada a definir la Patria como lugar de hermandad y de cultura común.

Casi a 20 años de su partida, merece la pena conocer su vida y su estilo de leer en las necesidades diarias de personas; grupos, comunidades y pensar en respuestas concretas y adecuadas. Hoy que las raíces de los problemas sociales pueden también ser diferentes de su época, lo temores y las incertidumbres siguen teniendo los mismos efectos, y por eso la Solidaridad y el Amor que animaron el quehacer en su vida siguen siendo modelo de una existencia con sentido.

Los efectos de ciertas conquistas científicas y tecnológicas que generan culturas cada vez más proclive a individualismos exasperados solo podrán ser superados por vínculos de amistad y de fraternidad entre los grupos sociales. Aquí nace uno de los desafíos de la política y de los políticos cristianos en primera línea, para una asertiva lectura de los signos de los tiempos al momento de definir programas, acuerdos y legislar. La trama de obras e iniciativas que se pueden recopilar en el ministerio apostólico de Silva Henríquez se relacionan también con otro importante principio regulador de la vida Social y política: La Subsidiaridad. La actual Constitución de la República de Chile en el artículo primero hace una explicita mención a la familia como el primer núcleo fundamental de la sociedad y los grupos sociales intermedios a través de los cuales se organiza y estructura la sociedad.

Una primordial tarea del mundo político, es sin duda, garantizar el funcionamiento autónomo de este organismo, asegurando junto al mundo privado los recursos necesarios para que puedan cumplir su tarea. Mirando a la obra de Silva Henríquez se descubre, que no solo acciones de solidaridad están presentes para la solución de problemas inmediatos, también resultan fundaciones, corporaciones, cooperativas que tuviesen la tarea de reunir a las personas y educarlas a su propio desarrollo. El ejemplo más emblemático es cuando al comienzo de los años 60 con la asignación de tierras de los latifundios de la Iglesia de Santiago a los campesinos, también se asocian organismos para su formación técnica, cooperativas para el financiamiento mutuos de los proyectos de mecanización del trabajo de la tierra.

Para la Iglesia de hoy, sin duda que su ejemplo es un estímulo para ser sí misma, en las huellas de los primeros tiempos del cristianismo, cuando la comunidad cristiana proclamaba el Kerigma, la Buena Noticia del Resucitado, que tocaba la vida concreta de las personas. Esta ha sido la tarea de los profetas, esta fue la pasión de Raúl Silva Henríquez; este es el desafío de una Iglesia, cuando busca salir de sí misma y llevar la luz de Cristo allí donde “urge su Caridad” allí donde hay pesimismo y falta de laboriosidad y entusiasmo.

Fuente: Nello Gargiulo, Secretario Ejecutivo Fundación Cardenal Silva Henríquez

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