Ollas comunes siempre cabe uno más en la mesa

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“En la televisión dicen que ya casi no hay pobreza. Eso es mentira. Quieren tapar a la gente con hambre, por eso lo hacemos”. Las palabras son de Juan Paulo Lillo, coordinador deportivo de la Fundación Pelota de Trapo. Ellos trabajan habitualmente con niños de San Joaquín, La Pintana y Coronel. En la pandemia, tampoco se quedaron de brazos cruzados. “Partimos con 200 colaciones, pero la necesidad era mayor. En total, fueron como 50 mil. Es lindo cómo esto genera comunidad”.

Son las ollas comunes, tan propias de nuestro país. Encargándose de lo que otros deberían encargarse. Con la gente tomando acción. “Partimos poniendo 100 lucas, en San Joaquín, luego hicimos una campaña para recaudar fondos. Dos semanas después llegamos a La Pintana. Siempre era un buen plato, pan, fruta y algo de ensalada. Fue así por 105 días. Hay gente que va solo a ayudar, a llevarles comida a los abuelitos. Si en su casa necesitan dos porciones no te piden tres. Son honestos. Afuera se les estigmatiza, pero no ven lo trabajadores que son”, señala Lillo.

Poco a poco se repiten las caras, comienzan a conocerse, a hacerse amigos de los tíos de la cocina. Sienten esa compañía generosa, vuelven a sonreír. Saben que no están solos. Juan Paulo cuenta que “hay gente que al principio le da vergüenza ir a pedir comida, no es fácil. Aquí respetan sus turnos, preguntan en qué pueden ayudar. En La Pintana armaron su equipo de trabajo con los del Club San Francisco, donde es presidente Jeison Briones, un chico que salió de la fundación”.

En San Joaquín tomaron la bandera los papás de los niños, esos mismos que juegan fútbol y a través del deporte aprenden valores para la vida. “Bueno, en cuanto pasó lo de la pandemia, Perico (Pedro Pérez, fundador de Pelota de Trapo) dijo ‘tenemos que hacer algo’. En tiempos de dictadura él participó en ollas comunes, sabía de qué se trataba, lo que significa. Al final, hasta celebramos juntos el Día del Niño”.

Más mesas en Alto Hospicio

El salesiano padre Oliver Villarroel sabe de ollas comunes y comedores solidarios. En Alto Hospicio es una realidad que viene de mucho antes, abunda, y se ha intensificado con esta pandemia. “Antes eran dos, pero con el coronavirus y los problemas sociales que nos encontramos hubo que abrir un par más. Empezamos con esto de los comedores en 2009 y en San Lorenzo del Boro funciona tres días a la semana y atiende a 80 personas. En Alberto Hurtado son 100 más, y ahora tenemos una en el sector de las tomas, que iba a ser para niños, pero hubo que abrir a familias completas. Ahí llegan unos 200. La otra es en Nuestra Señora del Camino, casi un centenar más. Es mucha gente”.

Explica que en estos últimos cinco meses el fenómeno se multiplica y no para. “Tiene mucho que ver con el comercio ambulante, donde mucha gente se ha quedado sin trabajo y no tiene para comer. Acá nos encontramos muchos venezolanos, ecuatorianos, bolivianos y, en general, mucha gente que va quedando cesante y se va sumando. Lamentablemente, así funciona. Hay un registro de familias y te das cuenta cuando llega una nueva. Siempre es por ese motivo y vas conociendo lo duro que está el tema laboral”, señaló.

Todos van aportando semana a semana para sacar la tarea delante. Religiosos, voluntarios, gente de buenas intenciones. El padre Oliver cuenta que “hay apoyo de Cáritas Iquique, particulares y de la parroquia. Mira, tenemos siempre voluntarios fijos y la gente del sector trae su ollita que se le va llenando, se les sirve algo bueno, algo rico. Y así se va corriendo la voz. La gente en su mayoría es honrada y viene porque no tiene. Y si no, bueno, tampoco les dices que no. Hay otros vecinos que les llevan la comida a los mayores que no pueden, se genera algo lindo”.

Esa sensación de comunidad es lo que más llena el corazón de quienes aquí participan. “Todos se conocen, se saben el nombre de la persona que cocina y ellos de los que vienen. Participan las juntas de vecinos, sobre todo en las tomas, que es un lugar súper popular y desde donde viene más gente. También hay un lindo acercamiento a la Iglesia, porque también se les ayuda o asiste en lo espiritual. La gente no viene solo por un plato de comida, muchos vienen porque quieren que los escuchen, oír un consejo. Al final, es esa la necesidad más grande y donde sentimos que podemos ser de gran ayuda”.

Por Paulo Inostroza, periodista

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