“No se olviden de nosotros…”

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Recibí en Siria un sencillo regalo, concretamente en la ciudad de Damasco, el mismo día en el que soltaba una paloma blanca de la paz, una tarde de fiesta oratoriana, al mismo tiempo que caía un mortero. En esa misma plaza habíamos estado, la tarde anterior, jóvenes animadores y salesianos.

Habíamos celebrado que la paz estaba cerca. Habían transcurrido ya 15 días en los que parecía que todo se había terminado. Pero resulta que no fue así. Había otros intereses en otra mucha gente, pero no en aquella gente sencilla con quien yo me encontraba.

Nos habían recibido el día anterior como si de una gran fiesta se tratara. Habían estado esperando por meses y meses que fuese posible ir a visitarlos, y llegamos. Un largo viaje, pero al final estábamos a las puertas de Damasco; primera y muy significativa estación de nuestro viaje.

Era grande la alegría en el oratorio salesiano de Damasco. Más de 500 muchachos y muchachas en esa tarde de fiesta. Entre estos, un grupo de unos 150 animadores jóvenes universitarios, que son la vida y el alma de animación en ese oratorio que convoca a más de mil muchachitos, niñas, chicos y chicas más grandes desde los lugares más alejados de la ciudad. Otro tanto sucede en Alepo, zona hoy prácticamente en ruinas.

Como regalo, al final de la Eucaristía en Damasco, me entregaron una hermosa ‘estola’ con el deseo de que me acompañara al celebrar otras Eucaristías por el mundo. Tiene escrito en árabe -así me lo hicieron notar- lo siguiente: “No te olvides de rezar por nosotros”.

Ese regalo y esa frase me han llegado muy al corazón. Hasta el punto de que, desde entonces, me ha acompañado en todas las Eucaristías de los lugares más diversos: México-Tijuana; Chaco Paraguayo, Uruguay y Rjeka-Croacia.

He explicado y comentado en todos estos lugares salesianos este encuentro, este regalo y esta petición que me han hecho. Y, al mismo tiempo, he contado lo que he encontrado en aquellos salesianos y hermanas Hijas de María Auxiliadora con quienes compartí aquellos días, y en esos jóvenes animadores verdaderamente fascinantes, y en tantas familias tocadas por el dolor y las pérdidas, pero llenas de vida y de esperanza.

¿Saben qué me encontré?

1. Encontré DIGNIDAD.

La dignidad de los pobres, de quienes se sienten desbordados por una situación que no han creado, en la que no han elegido participar, pero en la que se sienten inmersos, metidos de lleno, sin poder elegir otra cosa, sin poder salir de ahí hasta que otros decidan que todo se termina. Una dignidad grande, con una mirada penetrante y que dice tanto.

2. Encontré HERMOSAS Y SENTIDAS SONRISAS.

Las sonrisas de estos jóvenes animadores que las regalan conscientemente porque quieren que esos niños y niñas del Oratorio tengan un pequeño oasis en las horas en las que pueden dejar el miedo a la guerra, a los morteros, a la destrucción. Me hizo pensar de nuevo en la película ‘La vida es bella’, en la que ese genial papá hacía creer, vivir y sentir a su hijo, ambos junto con la mamá en un campo de concentración nazi, que se trataba de un juego y una aventura divertida.

Nuestros hermanos salesianos y hermanas, y los jóvenes animadores, hacen todo lo posible para que la guerra y la destrucción no tengan la última palabra. No es una aventura divertida, como en la película, pero he notado que no quieren permitir que las balas y la destrucción sea lo que marque sus vidas para siempre.

3. Encontré tanta ESPERANZA.

Esa es la palabra justa y el sentimiento que quedaba en mí cuando me decían: “Padre Ángel, no tenemos miedo, porque estamos llenos de fe y de esperanza. Y la ‘última palabra’, me contaban, no la tendrá la guerra, ni la destrucción, sino la vida, nuestras vidas, y la fe que tenemos, y las ganas de vivir y de hacer que sea un hermoso país esta tierra nuestra. Y me lo expresaban algunos jóvenes que, en muchos casos, habían perdido la casa, o a un padre, o un hermano muerto a causa de una bala que se cruzó en su camino.

4. Descubrí que era profundísimo en ellos y en mí el sentido de COMUNIÓN Y FRATERNIDAD.

Les puedo asegurar que si ya sentía muy cercanos, muy en el corazón a aquellos mis hermanas y hermanos salesianos y a aquellos preciosos jóvenes, después de conocerlos, después de ver sus sonrisas y darnos esos abrazos que expresaban tanta confianza y tanto afecto, desde entonces los llevo mucho más en el corazón, y no pasa un día en que no los tenga presentes en mis oraciones.

Después, con tristeza y dolor, mientras otros misiles caían en Damasco, viajamos a Alepo. Allí encontramos de nuevo a otros hermanos salesianos, otras hermanas fma, y esos maravillosos jóvenes y familias, niños y niñas del Oratorio que, como en Damasco, siguen siendo motivo de esperanza.

Inolvidables encuentros, inolvidables momentos de oración y de familia salesiana. Hermosas las promesas de los 13 salesianos cooperadores (jóvenes y madres de familia). Y experimenté de nuevo el dolor de las pérdidas de seres amados y de la destrucción, aquí plena, total, en esta que fue una bella ciudad. Pero encontré de nuevo la dignidad, la fuerza, la esperanza y la fe.

Y si faltaba un pequeño detalle, en esta ocasión no fue la entrega de una preciosa estola con esa frase en árabe, sino algo que recibí con emoción, pero que me desarmó interiormente, que me dejó sin palabras. Se trata del momento en el que en el Oratorio Salesiano, el director de la casa me entrega todo lo que los niños y niñas, jóvenes y familias habían recolectado durante mucho tiempo para hacérselos llegar a otros lugares más pobres y más conflictivos… Y me preguntaba si existirían…

Me entregaron todo lo que pudieron conseguir, aun entre las ruinas de sus casas. Eran 200 dólares que para mí tenían el valor de una verdadera fortuna, como así lo sintieron y lo recibieron en el Oratorio Salesiano de la frontera en Tijuana, a quienes se los entregué en mano. Y de inmediato se pusieron en comunicación. Entre los pobres se entienden magníficamente bien, porque hablan el mismo lenguaje de verdadera humanidad.

Solo esto, mis amigos y amigas. Esta es mi vivencia del encuentro con quienes no han perdido la dignidad, ni la esperanza, ni la fe. Un cariño que vuele hacia Damasco y Alepo. Ojalá muchos corazones se sumen a ello.

Por P. Ángel Fernández Artime, Rector Mayor de los Salesianos

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