No me pidas más de lo que puedo dar

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Hay un cuento que habla de una rana que está dentro de una olla con agua. Poco a poco aumenta la temperatura del líquido, pero ella no lo percibe. Cuando los grados de calor llegan a un nivel alto, se da cuenta, pero ya es tarde. Está sin fuerzas, no puede huir y muere. Simple historia que sirve para explicar cómo el estrés, lentamente, puede deteriorar la salud mental, hasta llegar a situaciones límite, difíciles de revertir.

En abril de 2019, estudiantes universitarios, agobiados por la excesiva carga académica, protestaron y pusieron en la agenda de nuestro país el tema del estrés y de la salud mental. Varios medios informaron y recogieron algunos testimonios. En emol.com se publicó uno de los más dramáticos: “Desde el primer día pensé que destruirse, pasar de largo y ‘esforzarse mucho’ eran la forma de ser buen alumno. Al cuarto año colapsé y estaba convencida de que iba a suicidarme”. Sin darse cuenta, como la rana de la fábula, los alumnos llegaron a un punto crítico. Trastornos nerviosos, depresión, ansiedad, gastritis y hasta intentos de suicidio fueron síntomas del deterioro de la salud mental que, al principio, fueron ignorados. Cada aviso que daba el cuerpo eran grados en la temperatura del agua.

La salud mental, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “es un estado de bienestar en el que la persona realiza sus ocupaciones y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad”. El estrés produce las respuestas necesarias -y normales- del cuerpo y de la mente que permiten reaccionar ante las exigencias del entorno. El problema surge cuando esas reacciones se transforman en tensión por demandas excesivas y causan alteraciones psicológicas. Esto es lo que, normalmente, se conoce con el nombre genérico de “estrés”.

Detenerse antes de enfermar

El título de este artículo resume las causas del estrés. En ciertas ocasiones, porque otros pueden dar lo que se les pide, creemos que nosotros también podemos responder a todas las exigencias. La fortaleza física y sicológica es distinta en cada persona. No todos tienen la misma capacidad para tolerar los requerimientos de la vida.

Por esto, es importante conocer cuáles son las situaciones que “a mí” me provocan estrés y cuáles nos agobian hasta enfermarnos, como les pasó a los estudiantes universitarios y, tal vez, también a nuestros hijos. No pidamos más de lo que ellos puedan dar.

El estrés en la vida escolar

Según la Revista Médica de Clínica Las Condes de Santiago, “los niños(as) y adolescentes en etapa escolar se ven enfrentados a situaciones de alta demanda y requieren del despliegue de todas sus capacidades de afrontamiento para adaptarse a los estresores, tanto internos como externos, de acuerdo a la etapa evolutiva alcanzada”.

Los estresores internos provienen de cada persona: alta autoexigencia, introversión, rigidez para enfrentar las tareas. Los estresores externos, generalmente, se relacionan con alta cantidad de trabajo, poco tiempo para realizarlo, altas expectativas sobre el rendimiento académico y otras situaciones vinculadas con la vida escolar y familiar.

Un ejemplo de estresores externos que afectan a los padres, profesores y equipos directivos de muchos colegios -por consiguiente, a los niños- son las expectativas que se tienen frente a las mediciones que realiza el Ministerio de Educación. Los resultados del SIMCE, dados a conocer normalmente en abril y mayo de cada año, provocan mucha ansiedad. Bajos resultados pueden significar, entre otras consecuencias, una baja en la matrícula y, por ende, merma en los recursos.

Asimismo, algunos padres se inquietan porque esperan que sus hijos estén en el “mejor colegio”. Esto, que debiera suscitar una evaluación tranquila y profunda sobre los aprendizajes, valorando -además- otras cualidades de los establecimientos educativos, provoca tensiones y preocupación. La consecuencia es, en muchos casos, aumento de exigencias que ni los niños ni los colegios pueden satisfacer. Estas son las condiciones propicias para el estrés escolar, aumentado muchas veces por los propios padres.

No diga sí cuando puede decir no

A veces, sin darnos cuenta, como la rana del cuento, aceptamos tareas y encargos que no podremos cumplir bien. Asumimos obligaciones que no nos atrevemos a rechazar. Es cierto que no siempre es posible rehusarse a hacer algo. Sin embargo, a veces es posible decir “no”, señalando al solicitante que la negativa no es hacia él, sino hacia la tarea propuesta.

En la vida escolar y en la educación superior casi nunca es posible negarse a obligaciones y tareas. Frente a esto, la organización personal y la compañía de los padres y mayores pueden alivianar la carga. De igual forma, la atención a los síntomas psicosomáticos que van apareciendo durante el desempeño académico puede impedir el colapso. De esta manera, los estudiantes no serán como la rana, que no pudo salir del agua caliente. Ellos, con la ayuda de los adultos, podrán soportar las exigencias de acuerdo a sus propias capacidades y podrán tolerar el “estrés normal de la vida”.

Por Claudio Jorquera, magíster en Educación

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