La nueva vida de Martín Vargas

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No le preocupa que algunos niños no tengan dinero para practicar, ni que el ring esté aún sin terminar por falta de acolchado; ni que sus dos lesiones adquiridas por golpes juveniles le duelan cada vez que lance un jab. A Martín Vargas solo le interesa entrenar, porque sabe que el boxeo ayuda a formar carácter.

Son cerca de las 6 de la tarde, está nublado. Nos encontramos por causalidad en la entrada del club. Han pasado 75 días de la última vez que nos vimos... no creo que me reconozca.

–Hola Martín ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí? – quise saber de inmediato.

Me miró con cara de “éste quién es”. –Nos comimos un asado juntos, ¡Soy el Rancagüino! –grite enérgicamente.

–Niño, claro que me acuerdo de tí. Ustedes vinieron a la despedida del iquiqueño. Ven, entremos que hace frío –no sé si recordó, pero ya estaba dentro del club y debía continuar.

Lo acompaño al salón, pasamos un tinglado oscuro, pocas ventanas y pintado de crema, fosco. Cruzamos una puerta azul de chapa dorada. El gimnasio está impecable, en perfectas condiciones. Rápidamente me dice que le faltan algunas cosas: “No tenemos el acolchado del ring, pero mira lo lindo que va quedando”. Intento evidenciar interés para no desperdiciar sus jugosas declaraciones. “Que linda que quedó la fachada con la nueva pintura, la pinté todita yo”, afirmó entusiasmado.

Llega temprano porque quiere evitar sentirse aletargado durante el entrenamiento. Ama lo que hace, por eso, 20 minutos son suficientes para limpiar el gimnasio. “Ahora voy a pasar la escoba, hay mucho polvo para mí”, dice mientras agarra el cepillo con la mano derecha. No camina solo, atrás de él va un travieso de 11 años que se llama Nahuel Rodríguez, que inagotablemente hace preguntas. Tiene la curiosidad de un niño.

“Vivo con mis papás, pero los dos trabajan todo el día; casi no tengo tiempo para estar con ellos. Don Martín vive dos casas al lado de la mía, gracias a él no me quedo leseando en el pasaje”, cuenta Nahuel que disfruta su primera y anhelada práctica de boxeo.

“Esto lo armé yo solo, a pulmón”, dice mientras pasa la escoba. Tiene la cara hinchada de tantos golpes recibidos, pelo oscuro y una barba canosa, color moreno porque el polvo que retira de martes a viernes se le adhiere a la piel.

Tres anillos dorados en su mano izquierda, es diestro. Zapatillas y ropa Adidas. Prepara todo antes que lleguen los jóvenes boxeadores. “¡Más allá, que quede atrás de la tabla esa!”, le grita a Nahuel que acomodó unos paños en la entrada para que se limpien los pies.

Alérgico al polvo empiezo a estornudar, por suerte solo estamos los tres.
Desde el sentido común, el boxeo es un deporte mayoritariamente masculino. Sin embargo, en el Club Martín Vargas las primeras en llegar son muchachas de 14 años. “Tanto tiempo ¿Cómo anda el pie?”, dice Martín, pero ellas no responden, se dirigen directamente hacia mí. Una de ellas se sienta a mi lado. Intento no mirarla, solo me concentro en escribir. La banca donde estamos sentados comienza a doblarse, creo que se romperá.

Ha evitado el aletargamiento, está transpirado y aún no comienza la clase. Es energía pura. Lo subrayo de negro sobre blanco, es pura vitalidad. Ver a Martín saltar la cuerda es fantástico: coordinación, agilidad y concentración. Parece olvidarse de lo que ocurre a su alrededor, frente a un espejo, solo él y su imagen.

Saco la mirada de la libreta. Miro al gimnasio y hay alrededor de 10 jóvenes de todas las edades, colores, olores y equipos; no hay distinción, todos entrenan para pasarla bien y aprender. Lógicamente, no son todos amigos, llegan y no se saludan, pero las relaciones sociales que forja el boxeo son así, los códigos se respetan dentro y fuera del ring.

La práctica del boxeo sigue su ritmo, cada uno a sus tiempos. Es un deporte individual, por eso hay poca interacción entre los participantes. En el acta del club está especificado que una actividad que tenga menos de 10 niños deberá estar sujeta a constante modificaciones y cambios. Por suerte, este no es el caso, ahora el gimnasio lo ocupan alrededor de 17 boxeadores, todos intentando mejorar su técnica bajo la atenta mirada de Vargas.

Leo un folleto donde explican y venden el taller de boxeo: “Entrena como un profesional, junto al gran campeón chileno Martín Vargas; pega Martín pega”. Tienen la intención de agregar progresivamente más actividades para los vecinos.
Han pasado dos horas desde que llegué. Y, por fin, habrá un combate de entrenamiento, estoy ansioso. Se vendan las manos con precaución y dedicación. “Gonzalo Acosta pelea bien, tiene futuro”, me dice Martín. Su esquina será la azul. En la roja, su amigo José Burgos. No hay cronometrista, me piden que tome el tiempo, accedo sin problema. Ahora, debo escribir y tomar el tiempo, todo un desafío.

Martín Vargas ha conseguido crear un espacio donde se construye capital social, donde se pueden hacer amigos y mejorar las capacidades físicas y técnicas del boxeo. Termina el sexto round, cansados los deportistas. Término de la pelea y decreto: empate técnico.

Pasan dos días y no he dejado de pensar en el Club de boxeo Martín Vargas. Agarro el teléfono para hablar con él, no contesta, debe estar entrenando. Tomo mis cosas y me dirijo al club. Cuando llego ingreso directamente al gimnasio, parezco un boxeador más. Atravieso la puerta azul de chapa dorada y ahí está Martín, bailando sobre el ring, lanzando golpes al aire, gritando en cada movimiento de cintura. Han pasado dos días de la última vez que nos vimos, espero que me reconozca.

Campeón Sin Corora
Martín Vargas Fuentes fue un boxeador chileno. Intentó cuatro veces obtener el primer título mundial de boxeo para Chile, sin lograrlo. Sin embargo, logró convertirse en una leyenda deportiva nacional. Ostenta un record de 92 triunfos, 15 derrotas y 3 empates. Sus 62 triunfos por nocaut lo hacen miembro del selecto grupo de peleadores que tienen 50 o más.

Por Marco Vera, Periodista

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