La fuerza del amor

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Estamos viviendo el tiempo de Cuaresma, como preparación a la Pascua del Señor. En este tiempo, la oración, el ayuno y la caridad son propuestas por la Iglesia como ayuda en este camino hacia la Pascua.

Les propongo una reflexión que tiene mucho que ver con un camino excelente de preparación pascual: el camino de vivir siempre, más y mejor AMANDO, pero amando de verdad, como se dice de modo coloquial, ‘hasta que duela’.

Se atribuye a Madre Teresa de Calcuta esta reflexión: “Por dondequiera que vayas, difunde el amor: ante todo, en tu propia casa. Brinda amor a tus hijos e hijas, a tu mujer o tu marido, al vecino de la casa de al lado... No dejes que nadie llegue jamás a ti sin que al irse se sienta mejor y más feliz. Sé la expresión viviente de la bondad de Dios; bondad en tu rostro, bondad en tus ojos, bondad en tu sonrisa, bondad en tu cálido saludo”.

No cabe duda de que es un programa sencillo y muy concreto a la vez. El Papa Benedicto XVI nos ofreció, en su momento, como primera Carta Encíclica “Deus caritas est” (Dios es Amor).

Un amor que hemos recibido y hemos conocido en nuestro encuentro personal con Cristo. Nos dice el Papa Benedicto en ese escrito: “(un amor) que da horizonte a la vida (...). La pasión de Dios por cada uno de nosotros se concreta en un amor personal y de predilección que da sentido a nuestra existencia. Dios ama al hombre y a todos los hombres y su amor se hace visible en el rostro de aquellos con los que vivimos”.

Y pensaba en un momento de reflexión cuánto tiene de indescriptible, de único, de creador de paz y de sosiego el amor de Dios, si nuestras pequeñas experiencias humanas de amor tienen tanta fuerza como para cambiar la vida de las personas, cambio que, cuando se produce desde el amor, siempre es para levantar, para alzar, para ‘aupar’, para lanzar hacia adelante, para sacar del pozo.

Un hermoso hecho de vida que confirma lo que vengo diciendo es el siguiente:

Un profesor de universidad quiso que los alumnos de su clase de Sociología se adentrasen en los suburbios de la gran ciudad en la que habitaban para conseguir las historias de vida de 200 jóvenes. A los alumnos se les pidió que ofrecieran una evaluación del futuro de cada entrevistado. En todos los casos, los estudiantes dieron el siguiente diagnóstico: “Sin la menor probabilidad de éxito”.

Veinticinco años después, otro profesor de Sociología encontró por casualidad ese estudio y encargó a sus alumnos un seguimiento del proyecto iniciado muchos años antes, para ver qué había sucedido en la vida de aquellos chicos y chicas, si fuese posible encontrarlos.

Con la excepción de 20 de ellos que se habían trasladado a otro lugar para vivir o habían fallecido, los estudiantes descubrieron que 176 de los 180 restantes habían alcanzado éxito en la vida, es decir, habían conseguido tener una vida ordenada, estable, razonablemente feliz.

El profesor se quedó atónito y decidió continuar con la investigación. Afortunadamente, muchas de aquellas personas vivían relativamente cerca y fue posible preguntar a cada uno cómo interpretaban el recorrido que habían tenido sus vidas, sabiendo que el contexto familiar y de barrio hacía presagiar lo peor... Pues bien, en todos los casos la respuesta, muy llena de sentimiento agradecido, era la siguiente: “Tuve una maestra”.

La maestra aún vivía y el profesor buscó a la todavía ‘despierta y ágil de mente anciana’ para preguntarle de qué fórmula mágica se había servido para ‘salvar a aquellos chicos y chicas de la dureza del suburbio y guiarlos por el camino de una vida honesta, ordenada y estable. En realidad es muy simple, respondió la maestra. “Yo simplemente LOS AMABA”.

Al igual que este hecho de vida, podemos presentar otros muchos, tantísimos de ellos en nuestra historia educativa salesiana en todo el mundo. Se trata, justamente, de esa gran verdad: el amor tiene una fuerza que lo transforma todo. El amor sana y cura. El amor da confianza en sí mismo, da fuerza. El amor mueve los corazones y tiene fuerza para mover el mundo y nuestras vidas en él. ¡Lástima que no pocas veces nos empeñamos en lo contrario!

¿Por qué tantas veces vivimos más afanados en rencores, rivalidades, confrontaciones y no en crear espacios de entendimiento y de paz?

¿Acaso nuestro Dios nos hizo tan imperfectos que aun sabiendo que el amor lo puede todo nos es muy difícil vivir desde el amor cada minuto, cada hora, cada día?

¿O sencillamente nos hizo para el amor y nos confundimos y bloqueamos con otras muchas cosas?

Les deseo todo lo mejor, amigos y amigas lectores del Boletín Salesiano, y los animo a sumarse y ser de ese gran grupo de millones de personas que creemos en la fuerza del amor, porque “DIOS ES AMOR” (1 Jn. 4,8)

P. Ángel Fernández Artime, Rector Mayor de los Salesianos

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