Jesús en los brazos de los más humildes y pobres

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En el tiempo de Navidad narré una leyenda que cuenta lo siguiente: Cuando los pastores reciben el anuncio del nacimiento del Mesías, Jesús, todos ellos van al encuentro del niño. Le llevan pequeños dones o regalos, tales como leche, requesón, miel… etc.

Entre todos los pastorcillos había un niño que no tenía nada que llevar al recién nacido. Llega a su encuentro con las manos vacías, sintiendo mucha vergüenza y sonrojo por no poder ofrecer nada.

Llegados los pastores al lugar indicado por la estrella, encuentran a María, su Madre, a José y al niño. Y María, que tenía en sus manos al recién nacido, se ve en la dificultad de recibir los dones que le ofrecen, recogerlos y agradecerlos, pero con el niño en sus brazos no podía, por lo que -continua la leyenda-, le pide al pequeño pastorcillo que no tenía nada en sus manos que sostenga al niño, mientras ella dispensa todas las atenciones y agradecimientos.

Y concluye la narración diciendo cómo el más humilde de los pastores tuvo el gran privilegio de ser el primero y único en aquella noche que tuvo al Mesías, al Salvador, en sus brazos.

El mensaje nos muestra la predilección de Dios en su Amor hacia los más pobres, los humildes, los más necesitados, los descartados de este mundo.

Yo quiero referirme justamente a esto. En los más diversos viajes en los cinco continentes, visitando las presencias salesianas en el mundo, me he encontrado en tantas situaciones en las que mi corazón y mi pensamiento me han llevado a sentir y pensar que aquellas personas, adultos, jóvenes, niños y niñas pobres entre los más pobres están, sin duda, en la mirada y el corazón de Dios de un modo preferente. Todos los estamos, ciertamente. Todos somos sus hijos e hijas, pero estos últimos, de modo preferente.

Seguramente sucede como con la madre que tiene varios hijos, ama a todos con un amor incondicional y pleno, pero al más necesitado le dispensa una atención especial y única, sin ahorrar ningún gesto de amor para todos los otros.

Pensaba, mientras escribía estas líneas, en el campo de refugiados de Kakuma, en el norte de Kenia, donde nuestra comunidad salesiana comparte vida desde hace muchos años; pensaba también en el campo de refugiados de Uganda, donde, después de la fiesta de Don Bosco, a finales del mes de enero, una nueva comunidad salesiana, con miembros de diversas nacionalidades, comparten la historia de tantas personas y jóvenes que llegan huyendo de la guerra, del hambre, del peligro por sus vidas.

Pensaba en Yakutsk, en Siberia, considerado el lugar más frío del mundo, a varios miles de kilómetros al nordeste de Moscú, donde también una comunidad salesiana misionera comparte la vida con estas pequeñas comunidades (que quizá son como el pastorcillo de la leyenda), y que dijeron en algún momento a nuestros hermanos salesianos: “Agradecemos a Dios que están ustedes aquí, porque pensábamos que Dios se había olvidado de nosotros”. Al oír algo así, el corazón queda sobrecogido.

Pensaba en los niños de la calle que he conocido en muchos lugares del mundo y que ciertamente son de los auténticos ‘descastardos’ -empleando el lenguaje del Papa Francisco-, porque no han tenido la mínima oportunidad en su vida para crecer en dignidad humana. Llegados al Portal de Belén serían ellos quienes tendrían al niño en sus manos, mucho antes que yo.

Esta es la realidad que encontramos en la vida, fuerte y a veces dolorosa. Y ante estas situaciones tan extendidas en el mundo, incluso cuando el Presidente de la ONU hace balance y con dolor y preocupación dice al mundo que en el año terminado la Humanidad está peor que antes y corre muchos más riesgos…, con todo, dado que esta Humanidad está Redimida y Salvada por medio del Hijo de Dios que ha compartido nuestra condición e historia, no podemos perder la Fe y la Esperanza.

Y hemos de seguir trabajando para que, en el ejercicio de nuestra libertad, sumemos esfuerzos a esta Salvación que Dios nos ha regalado, evitando tomar opciones en la que los más pobres, los últimos, los más necesitados, no signifiquen nada. Esta es la gran tarea humana que nos sigue quedando, porque no se ha terminado en absoluto.

También todos nosotros, ustedes que leen esta página, estamos invitados a seguir construyendo esta Humanidad y Mundo Mejor…, incluso con la esperanza de que, al igual que en la leyenda, nuestro vivir y hacer merezcan realmente tener en ‘brazos’ al recién nacido, al Mesías, al Hijo de Dios, a quien María deja, por momentos, en las manos del que nada tenía para ofrecer, salvo su corazón.

De todo corazón les deseo un Bendecido Año 2018.

P. Ángel Fernández Artime, Rector Mayor de los Salesianos

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