En pruebas tan difíciles el amor nos da la vida

orando

Amigos y amigas lectores de este Boletín Salesiano: reciban mi cordial saludo en un momento donde todos tenemos el ánimo sobrecogido. Estoy escribiendo estas palabras el día 1 de abril, pensando en el mes de mayo, el mes de nuestra Madre. A Ella nos hemos encomendado en todo el mundo salesiano en un momento muy doloroso de esta pandemia del Covid-19, más conocido como coronavirus. Desde todas las partes del mundo hemos orado pidiendo al Señor, con la mediación de nuestra Madre, la ayuda y el consuelo en estas horas tan terribles para todos, con tantas pérdidas humanas. Después vendrán otras dificultades que tendremos que afrontar.

Pero sucede que ante tanto dolor, llanto y muerte, aun en las pérdidas más dolorosas, descubrimos a personas que son Palabra de Dios y mediación para nosotros, por su testimonio de fe y de fortaleza. Hoy me siento indigno de emplear mis palabras, cuando he conocido las de otras personas con tanta carga de autenticidad y de fe probada; cuando he visto verdaderos testimonios de ‘abandono en Dios’.

Hoy quiero ofrecerles este testimonio que yo convierto en anónimo, silenciando nombres de las personas y lugar donde sucede esto... Leyéndolo veremos de qué somos capaces, ¡PARA BIEN! de las personas.

Ella acaba de perder a su marido. Se casaron hace más de 23 años; juntos tuvieron cinco hijos y formaron una hermosa familia. Hoy, a los 50 años de edad, el coronavirus se ha llevado a su esposo. La vida los separa físicamente, pero ellos están más unidos que nunca.

Todo empezó con un malestar, el día del cumpleaños de una de sus hijas. Él se despertó con una fiebre bastante alta. Tenía síntomas de gripe, congestión y una tos que pensaban sería pasajera. Sin embargo, con el pasar de las horas el cuadro se fue complicando.

No había dificultades respiratorias, pero estaba sufriendo mareos y fue necesario que una doctora de familia viniera a su casa para auscultarlo. Llamaron a una ambulancia y fue ingresado al hospital.

Al principio estuvo en observación. No sospechaban en absoluto que fuera coronavirus. En ese momento tampoco contaban con el material necesario para hacerle la prueba del Covid-19. De todos modos, esa misma noche lo aislaron en una sala como medida preventiva.

Al día siguiente lo subieron a la unidad de cuidados intensivos, donde le hicieron la prueba. Los médicos indicaron a su esposa que ya no podía quedarse con él, que tenía que irse a casa. Poco tiempo después la llamaron para que regresara al hospital a despedirse de su marido, porque su estado era muy delicado.

Ella llegó al hospital con un sacerdote para que pudiera recibir el sacramento de la unción de los enfermos y se despidió de él. Esa misma tarde se enteraron de que la prueba de coronavirus era positiva y desde entonces se quedó con sus hijos haciendo la cuarentena en casa mientras su esposo pasaba sus últimas horas en el hospital.

Cuenta ella que durante todo ese tiempo lo más duro fue no poder ir a verlo, estar con él y hablarle. Estaba aislado y no dejaban entrar a nadie. Todo el hospital tenía enfermos con coronavirus y nadie podía entrar.

Mientras, en casa, esta mujer, esposa y madre, ha vivido ese dolor con un corazón enorme. “Es muy duro, pero a mí me está sosteniendo Cristo. Sentir que Él está conmigo en la cruz y yo con Él y que nos acompañamos, y saber que mi esposo está en sus manos, es lo que me da fuerzas”.

Esta madre y sus hijos se volcaron en la oración y encontraron consuelo: “Rezamos cada día el rosario y estamos haciendo una novena a San José, que hemos terminado y recomenzado. También pedimos por todos los que están en situaciones similares”.

Con una fe admirable, ella nos comparte que “hay días en los que he estado muy mal, pero ahora lo estoy viendo con más paz, con aceptación. Vivirlo así te ayuda con la desesperación, con el sufrimiento de no verle, pero con la paz de que al final es la voluntad de Dios pase lo que pase”.

Unos días antes del fallecimiento de su esposo ella sentía que quería compartir con los demás cómo lo estaban viviendo en familia. Quería compartirlo con personas que están pasando por lo mismo que ellos o que tendrán que pasarlo en un futuro y quiere que se sientan apoyados.

Su testimonio nos enseña que aunque no estemos preparados para pruebas difíciles como estas, tener a Dios nos da la vida y nos ayuda a vivir este sufrimiento “con menos desesperación”, como dice esta mujer creyente, que sabe que el amor no conoce límites y que es importante agarrarse a la cruz, especialmente en momentos como estos.

Dos días antes de la muerte de su esposo enviaba este mensaje: “Agradezco tantos mensajes de apoyo y oración. Esto a mí me da la vida. Saber que hay mucha gente rezando por él. Que al final, si no se cura, es porque hay un bien mayor. Es algo muy duro, muy fuerte, pero también, a la vez, Dios te concede ver el amor de los demás, de cómo nos quiere. Y eso es algo muy grande”.

El amor materializado en la unión de la familia, en los mensajes de apoyo de la gente, en los amigos que rezan los unos por los otros, en la entrega de los médicos que acompañan a nuestros enfermos, es lo que nos permite mirar la realidad con otros ojos. Nos transforma en testigos de algo superior y más grande que nosotros mismos para encontramos con los demás.

Esta esposa y su familia han recibido la noticia de que su marido ha fallecido y están más unidos que nunca. Continúan respirando de ese amor con la confianza de que no están solos. Solo con las palabras de un corazón que ama profundamente, ella dice: “Ha pasado al cielo, con Jesús. Me fío de Dios, quien me da fuerza y paz”.

Hasta aquí este testimonio. Quizás otras personas sufran pérdidas similares, pero con desesperación. Habrá quienes no entiendan que se pueda reaccionar como esta esposa y madre. Pero hemos de aceptar que cada persona es única e irrepetible y, en este caso, la fe ha hecho trascender y superar la pérdida de un ser tan amado.

P. Ángel Fernández Artime, Rector Mayor de los Salesianos

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