Editorial 204

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Estimados miembros de la Familia Salesiana, amigos de Don Bosco:

¿Qué salesianos debemos ser para los jóvenes de hoy? Esta es la pregunta que nos hacemos para responder adecuadamente a los desafíos juveniles del mundo actual. Queremos escuchar a los mismos muchachos ¿qué esperan de nosotros? Y es interesante lo que ellos señalan: quieren encontrar en nosotros adultos referentes de vida, no solo amigos. Cercanos sí, pero no un compañero más; necesitan de nuestra experiencia para tener parámetros desde los cuales podrán generar nuevas respuestas.

Ellos señalan que necesitan encontrar en nosotros experiencias de Dios, un camino de espiritualidad. Necesitan hallar personas alegres, optimistas frente al tiempo presente, esperanzados en el futuro que se está gestando, porque creemos profundamente en la acción de Dios en la historia humana. Necesitan que seamos capaces de hacer opción por estar entre ellos, de manera particular entre los más pobres, abandonados y en peligro; que sepamos mirar a nuestro alrededor, que tengamos capacidad de ver las situaciones y los problemas críticos, los afrontemos, los analicemos y tomemos decisiones valientes. Nos invitan a ser salesianos que, con el espíritu del Resucitado, acojamos las periferias habitadas por ellos y sus familias, para que el Reino de Dios comience a estar presente y otra historia se haga posible en sus vidas.

Los salesianos somos educadores que abrazamos las fragilidades de los muchachos que viven en la marginación y sin futuro. Nos inclinamos sobre sus heridas y las curamos como un buen samaritano. Optimistas por identidad carismática, sabemos mirar a los muchachos con realismo positivo. Como enseña Don Bosco, reconocemos en cada uno de los jóvenes, incluso en los más rebeldes y fuera de control, “el punto de acceso al bien”, sobre dónde trabajar con paciencia y confianza.

Somos portadores de la alegría, la que nace de la noticia de que Jesucristo ha resucitado y que incluye toda condición humana. Dios no excluye a nadie. No nos pide que seamos buenos para amarnos. Y ni siquiera nos pide permiso para amarnos. Él nos ama y nos perdona. Y si nos dejamos sorprender por la sencillez de los que no tienen nada que perder, sentiremos nuestros corazones inundados de alegría. Cuando faltan estas características, encontraremos caras largas y rostros tristes.

A los muchachos se les debe llevar esta bella nueva, en lugar de darles noticias que pasan todos los días en los periódicos y en las redes sociales. Cristo ha resucitado verdaderamente y, para demostrarlo, suscita a Don Bosco y Madre Mazzarello, a todos los santos y beatos de la Familia Salesiana, así como todos los miembros que cada día transfiguran la vida de los que se encuentran con ellos, porque fueron los primeros en ser tocados por la misericordia de Dios.

Nos convertimos, de esta manera, en testigos del Evangelio, de la Buena Nueva, que en su sencillez debe afrontar la compleja cultura de hoy, para que ellos puedan encontrar un oasis de serenidad y un lugar donde aprender a ser «buenos cristianos y honrados ciudadanos».

Les bendice, P. Carlo Lira Airola, Inspector

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