Don Bosco tenía el poder de la Bilocación: Estuvo en Barcelona y Turín al mismo tiempo

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Antes de dar inicio a esta historia, quizá te preguntarás ¿qué es la bilocación? Es la presencia simultánea de una misma persona en dos lugares diferentes. Algo que desafía las leyes de la naturaleza y a lo que aún la ciencia no puede dar respuesta. Una experiencia vivida por Don Bosco de forma repetida entre 1870 y 1888, período donde envió salesianos a nuevas tierras para extender su obra, misión que nuestro fundador no se quiso perder.

Si bien la teoría de Santo Tomás de Aquino asegura que un cuerpo físico no puede ocupar dos dimensiones al mismo tiempo, sí puede ocurrir que mientras un cuerpo está en un lugar, una representación del mismo se haga presente en otro espacio. Esto puede darse de manera sobrenatural y la explicación más aceptada, por la Iglesia, es que se trate de un milagro.

Según la historia de la Iglesia, numerosos santos fueron capaces de realizar esta acción. Entre ellos, los más notables son: el Papa San Clemente, San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Santa Ludwina, San Francisco Javier, San Martín de Porres y, por supuesto, nuestro Santo Fundador, San Juan Bosco.

Su “espíritu” acompañó cada expedición

En el último período de su vida, Don Bosco ya no podía viajar y ver cómo su trabajo crecía alrededor del mundo. Sin embargo, su espíritu siempre acompañó cada una de sus expediciones, cuya consigna era: educar y evangelizar a los jóvenes, sobre todo, a los más pobres.

Así lo documentó Teresio Bosco, historiador de San Juan Bosco. Según sus investigaciones, durante la noche anterior a la fiesta de San Francisco de Sales de 1886, el P. Juan Branda, director de la casa salesiana de Barcelona, sintió que lo llamaban a lo lejos. Cuando despertó, escuchó la voz de Don Bosco que se disipaba.

Durante la siguiente jornada, mientras miraba a los jóvenes del oratorio, recordó la voz que había oído. Ante esto, pensó que probablemente sería producto del cansancio o un recuerdo vago de su último encuentro con Don Bosco, donde le dijo: “Tú, Branda, irás primero a fundar la casa de Utrera (Sevilla). Pero no te quedarás demasiados años. Porque una noble dama de Barcelona nos llamará para fundar una casa. Y aquella será una gran fundación. Tú irás entonces a hacerte cargo de ella” (MB XV, 328).

Pero no sería el cansancio. En la noche del 5 al 6 de febrero de ese año, Don Branda, mientras dormía, sintió nuevamente que lo llamaba la voz de Don Bosco. Despierto, vio la habitación iluminada como si fuese de día. Tapándose la cara, vio de reojo el perfil de un sacerdote que le pareció realmente Don Bosco, quien le tomó la mano y le agradeció por su trabajo y entrega en la misión salesiana.

Como si estuviera en un sueño, vio que se dibujaron delante de él las caras de cuatro jóvenes del instituto. Con el rostro descompuesto, Don Bosco señaló al primero y le sugirió que vigilara de cerca su comportamiento. De los siguientes tres, pidió que los expulsara: “Obra enérgicamente, quítalos de en medio cuando antes, sin consideración alguna”.

Después de esto, salieron y visitaron los dos dormitorios donde se encontraban los chicos. A medida que caminaban, el trayecto se iba iluminando. Don Bosco iba muy seguro en sus pasos, hasta que desapareció.

Don Branda, desconcertado al verse solo, regresó a su habitación. Lo turbaba el pensamiento de tener que despedir a cualquiera de los que Don Bosco había nombrado. No sabía qué palabras utilizar, además, evocaba los momentos oratorianos que vivió cerca del fundador y su liderazgo frente a los jóvenes. Y más allá de eso, quería salvar sus almas.

Luego de unos días, recibió una carta de Don Rúa. En esta le aseguraba que Don Bosco, paseando por los pórticos en Turín, les había contado que hizo una visita a Don Branda en Barcelona mientras dormía. Que advirtiera que lo estaba viendo y se asegurara de cumplir las órdenes que había dado.

Al día siguiente, Don Branda fue a celebrar la eucaristía a casa de Doña Dorotea de Chopitea, la madre de los salesianos de Barcelona. Al comenzar la misa e inclinarse a besar el altar, oyó resonar de manera misteriosa y apremiante la voz: “Si no haces lo que te ha ordenado Don Bosco, esta será la última misa que celebres”.

De regreso en la casa salesiana, pidió la intercesión de María Auxiliadora para que lo guiara en la mejor decisión. Llegando al colegio encontró a los estudiantes señalados y los citó a un coloquio de manera separada. Así comprobó que se había descuidado en su misión de acompañar a los jóvenes y que esa “visita” de Don Bosco fue la evidencia exacta de que su espíritu siempre acompaña a los salesianos en su trabajo pastoral.

Don Bosco tenía una fe muy férrea en María Auxiliadora y atribuía todos estos eventos a la intercesión de ella. Aseguraba el fundador que si supieran la importancia de la devoción a la Virgen a la hora de la muerte, no la cambiarían por todo el oro del mundo. Este es el secreto del porqué la Congregación, pese a muchos problemas que vive hoy la Iglesia, se mantiene en pie: el amor incansable a la Madre Auxiliadora de los cristianos.

Una historia que reafirma lo que cada salesiano, laico o consagrado percibe: Don Bosco aún camina en los pasillos de cada obra, acompañando la labor de sus hijos, para que cumplan a cabalidad su legado en la Iglesia.

Por Gustavo Cano, periodista

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